Comentario Nº 88, 1 de mayo de 2002

      ¿Terremoto en Francia?

      Cuando Jean-Marie Le Pen sobrepasó a Lionel Jospin y le arrebató el segundo lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, consiguiendo así participar en la segunda vuelta contra Jacques Chirac, los periódicos franceses (y de todo el mundo) hablaron de un terremoto político. ¿Qué es lo que sucedió realmente, y qué importancia tiene? Se trata, de hecho, de dos preguntas distintas: ¿Por qué le fue tan bien a Le Pen? ¿Y por qué le fue tan mal a Jospin? La respuesta resumida es que a Le Pen no le fue tan bien como parece. Son los malos resultados de Jospin los verdaderamente significativos.

      Los resultados electorales dependen en parte, como es sabido, del sistema electoral. Le Pen alcanzó un poco menos del 17% (y su antiguo asociado y ahora disidente Bruno Megret una pizca más del 2%, lo que significa que entre los dos consiguieron el 19%). No es tanto, realmente. Le Pen es un nacionalista populista xenófobo de derechas que combina los llamamientos a la insularidad francesa, las diatribas contra los inmigrantes, un toque de integrismo católico y una dosis del antisemitismo tradicional. Es antiglobal, antieuropeo y antiamericano. En su movimiento hay elementos fascistas, pero no utiliza primordialmente la movilización paramilitar antiparlamentaria de los movimientos fascistas de entreguerras. ¿Pero quién sabe hasta dónde podría llegar si alcanzara el poder? Se trata de un personaje bastante desagradable, y nadie querría que su movimiento siguiera ganando fuerza, y menos todavía que ganara una elección presidencial.

      Dicho esto, probablemente el 20% de los votantes de cualquier país occidental apoya básicamente un programa parecido al de Le Pen, y casi todo el tiempo. Sin embargo, no votan por él o por alguien como él en todas las ocasiones. ¿Por qué no? Eso depende de dos cosas: primera, la situación inmediata del país y en particular el estado de los que se llaman partidos principales; y en segundo lugar, del sistema electoral. Le Pen consiguió su 17% en gran medida porque tanto Chirac como Jospin parecían ofrecer tan poco a los votantes (de la derecha pero igualmente a los de la izquierda e incluso a los del centro).

      Francia cuenta con un sistema poco habitual: es presidencial, pero a dos vueltas. El sistema estadounidense es presidencial, pero con una sola vuelta. Y muchos otros países son parlamentarios, dividiéndose a su vez en aquéllos en los que se elige un solo miembro por distrito (como Gran Bretaña) y los que tienen una representación más o menos proporcional. En el sistema estadounidense las facciones políticas se ven más o menos obligadas a trabajar en el interior de uno de los dos grandes partidos, si no se quieren ver excluidos. En Estados Unidos el 20% de Le Pen es la derecha cristiana más los halcones. Trabajan en el interior del partido republicano, y en este momento se han apoderado más o menos de él; no votan por Pat Buchanan. El sistema británico (parlamentario, pero de un solo miembro por distrito) ofrece resultados semejantes a los Estados Unidos. En otros sistemas parlamentarios más o menos "proporcionales", como Austria, Dinamarca o los Países Bajos, los equivalentes a Le Pen pueden obtener grandes cantidades de votos y establecer posteriormente sus tratos. En Austria los llevaron al gobierno. El equivalente holandés, Piet Fortijn, trata de conseguirlo en las próximas elecciones.

      El sistema francés es muy diferente. Dado que es a dos vueltas y que a la segunda sólo pasan los dos candidatos mejor situados, el sistema alienta que las facciones muestren su fuerza en la primera vuelta y se unan a uno de los dos principales candidatos en la segunda (todo esto antes de las elecciones legislativas, que también son a dos vueltas). Eso funciona sobre la suposición de que los dos principales candidatos presidenciales recogerán una proporción suficiente, y de que los demás recogerán pequeñas cantidades de votos. Todos pensaban que eso es lo que iba a suceder de nuevo esta vez, y que la mayoría de los votantes de Le Pen votarían a Chirac en la segunda vuelta.

      Desde dos meses antes, las encuestas mostraban que Chirac y Jospin gozaban de una posición satisfactoria, y que había tres principales candidatos compitiendo por el número 3, cada uno de los cuales parecía que podía alcanzar un buen resultado en diferentes semanas. En cierto momento parecía ser Chevènement el agraciado. Representan a la izquierda jacobina (nacionalista, dura con el crimen y los inmigrantes, pero socialista) que pensó que podría atraer a los votantes de Chirac desencantados. Luego se difuminó, y Arlette Laguiller, la perenne candidata trotskista ocupó su lugar, formulando una línea estólida y dura de izquierda tradicional, reclamando el voto de los comunistas y socialistas desencantados. Y luego apareció Le Pen, quien hace un mes se mantenía en las encuestas en torno al 7%, recogiendo sin duda el voto de muchos de los que antes iban a votar por Chevènement o Laguiller (quienes descendieron por debajo del 6%). Le Pen obtuvo un típico voto de protesta. Su núcleo duro está probablemente en torno al 5-7%

      Así pues, ¿por qué cayó Jospin por debajo de Le Pen (sólo un 1%, dicho sea de paso)? Hubo muchas razones inmediatas. Jospin realizó una campaña pésima. Durante mucho tiempo se dirigió a los votantes de la segunda vuelta tratando de sonar tan próximo a Chirac como fuera posible. Eso hizo que muchos de los votantes se abstuvieran en la primera vuelta o prefirieran votar a otros candidatos menores. Y además estaba el hecho de que, mientras que en 1995 los partidos del gobierno actual –la llamada "izquierda plural", a la que Le Monde denomina "la izquierda gestionaria", aludiendo a la izquierda en el gobierno que dirige las cosas– tenían sólo tres candidatos, esta vez tenían cinco. La menos conocida de todos ellos, Christiane Taubira, del minúsculo partido de Izquierda Radical, que competía sólo para establecer el principio de que también podía participar alguien de los departamentos de ultramar, consiguió el 1,19% del voto. Si no hubiera participado, probablemente todos esos votos habrían sido para Jospin (ya que los radicales de izquierda se sienten más próximos al partido socialista que a ningún otro partido). Los votos de Taubira habrían permitido a Jospin superar a Le Pen, y entonces no habría habido terremoto. De hecho, es muy posible que Jospin hubiera llegado a ganar la segunda vuelta.

      El intríngulis real no está sin embargo en la idiotez de la candidatura de Taubira. Está en el declive ideológico de los socialdemócratas en todos los países del mundo occidental. Jospin era probablemente el líder socialdemócrata más tradicionalmente "izquierdista". Encabezó la campaña presencial de 1995 y las elecciones legislativas de 1997 con una retórica de izquierda (obligando los partidos conservadores a inclinarse hacia el centro), y eso tuvo un claro atractivo. ¡Él no era un Tony Blair! Esta vez se le enfriaron los pies, o más bien dejó que los Tony Blair del Partido Socialista Francés le convencieran de que debía hacer girar su retórica hacia la derecha. Pero eso no funcionó electoralmente.

      El problema de los socialdemócratas en todos los países de Europa (como el de los demócratas en Estados Unidos) es que a lo largo de 50 años se han ido moviendo tanto hacia el centro, e incluso hacia el centro derecha, que no parecen defender nada que entusiasme a los votantes. En 1981 la gente bailaba las calles cuando Mitterrand (mucho más la derecha que Jospin) ganó las elecciones. Mitterrand había prometido "otra sociedad". En 1983 los socialistas habían abandonado ya ese lenguaje y esa promesa.

      Hace ya mucho tiempo que los socialistas no son marxistas ni tampoco revolucionarios, pero estos días apenas si son socialistas (en esta campaña, Jospin dijo que su programa no era socialista). Defienden las bendiciones del mercado libre, quizá con un poco de alivio social. Defienden, en su mayor parte, los derechos adquiridos de los sindicatos y los trabajadores estatales. Pero incluso ahí están comenzando a debilitarse. Sí, tienden a ser más "social- liberales" en cuestiones como los derechos de las mujeres, de los gays y lesbianas, de la gente de color, y hasta cierto punto de los inmigrantes. Eso implica que sólo pueden contar con el 20% los votos, del mismo modo que Le Pen puede contar con otro 20%. El resto, que asciende al 60%, o bien se va a pescar, o vota por políticos de centro incoloros, o se moviliza en las crisis nacionales para apoyar a gente como George W. Bush.

      La derrota de Jospin no fue un terremoto. El terremoto tuvo lugar hace mucho tiempo, cuando la izquierda dejó de ser de izquierdas, y hasta de ser la izquierda reconocible del centro. Francia no es la peor historia, en cualquier caso. Ya viene siendo hora de que la llamada izquierda mundial reevalúe no sólo hacia dónde se dirige al mundo, sino también su estrategia electoral, por no hablar de su estrategia política general.

      Immanuel Wallerstein (1 de mayo de 2002).


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